MIS PROSAS POÉTICAS AQUÍ

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sábado, 4 de marzo de 2017

BELLEZA

                                                    BELLEZA

Era intangible como el viento. Sentía pero no había tacto. Los colores ocres, rojizos y dorados se confundían con la hierba del camino, con el suave marrón de la tierra que, en dos surcos marcados por las ruedas de algún vehículo, invitaba a pasear bajo la sombra de la espesa arboleda del bosque.
Me gustó ser aire, moverme entre las hojas viejas y hermosas, resignadas a su aniquilamiento otoñal para ofrecer al árbol la oportunidad de revitalizar, con su savia, las hojas primaverales. El ruido no era ruido, era rumor, siseo, arrullos entre las ramas, sobre las aguas de los lagos formando diminutas ondas  como en un juego de niños.
El cielo, a retazos, asomaba entre las copas de los árboles en un azul purísimo mientras dejaba libre el camino a alguna pequeña nube blanca que,  solitaria, parecía buscar  un escondite en el firmamento para meditar en silencio sobre toda la belleza del planeta que se arropaba con aquella capa azul. Yo era más fuerte y la empujé hacía un recodo entre árboles vestidos de diferentes tonos y matices amarillentos, rojizos y marrones que aceptaron la visita entre roces cantarines como campanillas de plata.
Un riachuelo,  perdido entre la hojarasca,  dejaba escuchar el rumor de sus aguas cristalinas que bañaban los cantos del fondo de su lecho, cubriendo su superficie de burbujas parecidas a invisibles perlas de un cristal mágico. Me acerqué para retozar entre las aguas sin ser consciente de que sólo era viento y lo único que me estaba permitido hacer era enredar en su corriente para provocar suaves ondas que salpicaban las briznas de hierba de sus orillas.
Era tan hermoso  escuchar el murmullo de aquel torrente de agua transparente, que no pude evitar envidiar a las piedras que se dejaban lavar una y otra vez por la corriente. Fue entonces cuando quise volver a ser humano y me encontré sentado al borde del riachuelo. Todo era hermoso, silencioso, solitario y, sin embargo, estaba repleto de vida.

Entonces fue cuando lloré. - MAGDA 

domingo, 26 de febrero de 2017

UNA DULCE COMPAÑÍA - Mi relato amado.

                                                UNA DULCE COMPAÑÍA

       Paseábamos ambas entre castaños dorados en un otoño distinto. Las dos solas, sin ninguna otra compañía, compartíamos soledad de vida tranquila. En la casa, el silencio de las cosas ya idas, de momentos de charlas, de conversaciones, de cuitas contadas junto al fuego de la chimenea, mientras ella dormitaba junto a los leños encendidos, tan cerca que yo la tocaba pensando en si podía quemarse sin ser consciente de aquella cercanía.
      La vida hizo su trabajo y se llevó la compañía amada hacia caminos ocultos y nos dejó solas. Entonces, yo hablaba con ella y ella, me miraba con sus ojos color avellana. Movía sus orejas para escuchar mis palabras y aunque no pronunciaba ninguna, yo sabía que era comprendida.  Conocía mis tristezas, mis momentos de calma y mis ratos de alegría cuando, al pasear por entre los castaños de hojas doradas, recordaba instantes hermosos, aquellos en que los tres, jugábamos a correr, a tirar el palo tan lejos para que ella pudiera  saltar y traer entre sus fauces la rama seca, dejándola a nuestros pies para seguir el juego en un sinfín de brincos y piruetas.
    Pero todo se acabó, en el transcurso de poco tiempo,  nos quedamos solas, ambas tristes, sin él, sin calor, sin juegos.
    Paseábamos al atardecer, yo arrebujada con la chaqueta de lana, ella, a mi lado, caminaba despacio y me miraba en silencio comprendiendo mi dolor que también sentía en su corazón de perro. De eso estaba segura, no hablaba pero lo decía con la mirada cuando sus ojos se encontraban con los míos, cuando lamía mi mano, cuando frotaba su lomo en mi pierna con una caricia muda que yo sabía era un lamento y, al mismo tiempo, un intento de consuelo.  Yo acariciaba su testuz, rascaba entre sus orejas y ella aceptaba la demostración de amor en silencio mientras bajaba la cabeza y estiraba su cuello. Yo sabía que sufría, lo sabía, no necesitaba palabras, era cierto. Lo gritaba  su actitud, en aquel giro imperceptible de la cabeza, en la lentitud de su trote  acompasado a mis pasos, en la falta de sus deseos de juego. Las dos lo recordábamos con tristeza y con cariño. Ahora, paseábamos solas entre los castaños, todas las tardes al oscurecer, en la memoria, su figura, su sonrisa, su amor.
   Había pasado el tiempo, nos costaba caminar entre los árboles viejos. Yo, entonces, la acariciaba y le decía muy quedo: “Las dos somos viejecitas, nos cuesta andar…”  Ella, me miraba con aquellos ojos grandes del color de la avellana, tristes y en un comprensivo silencio, arrimaba su cabeza hacía mí con mutuo entendimiento. Sí, quedaron rezagados  los años de  juventud, aquellos, cuando los juegos, eran compartidos con aquel hombre bueno compañero de nuestras vidas ahora solas, en absoluto silencio.
    Un día, ella se negó a caminar, dejó de comer y me asusté. No podía dejarme sola, ella no, siempre había sido la compañera fiel de mi vida. Ambas habíamos soportado los vaivenes del destino, las pérdidas, las dulzuras y tristezas de esa vida que nos toca en suerte. Ella fue quien consiguió la superación de la pérdida de lo más amado por mí, ella estuvo a mi lado en las soledades, vivió conmigo los duelos, me ayudó en la resignación. Ahora, no podía abandonarme.
    La llevé al veterinario,  le puso un tratamiento pero me avisó. “Es una perra muy vieja” –dijo-, “haremos cuanto se pueda, pero no puede esperarse un milagro…”
   Si el sufrimiento fue duro cuando aquel hombre amado desapareció de mi vida, en el momento actual, al saber que ella se iba, mi sufrimiento dobló el dolor de aquellos otros días. Yo no podía vivir sin su compañía. Era mi dulce alegría, mi camarada, mi amiga. ¿Qué haría yo sin su figura junto a la mía en aquellos paseos al atardecer entre los dorados castaños? ¿Cómo podría pasar los días, solitaria, en aquella casa vacía? 
    Lo paseos se acortaron, ella no lo conseguía, lo intentaba pero sus patas ya no la sostenían y se dejaba caer entre la broza marchita de los castaños oscuros que lloraban acompañando nuestra tristeza profunda. Ella, me miraba entonces, movía sólo los ojos y fijaba su mirada en la mía. A mí, me parecía ver una lágrima en aquellos tiernos ojos de perro fiel y me sentaba a su lado a esperar su recuperación. Al rato, se levantaba con lentitud, torpemente, continuábamos el camino de vuelta a la casa mientras yo acariciaba su cabeza y le repetía: “Las dos somos ya viejas,  mi perra querida” Y yo sé que ella me entendía.
    Cierto día, en una de las visitas al veterinario, me dijo con amargura que ya no había nada que hacer. Yo me la llevé, no me resignaba, no quería. Era lo único que tenía. Todo el amor de mi vida estaba concentrado en ella. Era lo que sustentaba mi existencia, lo que me ayudaba a seguir. Con ella hablaba aunque no escuchara palabras de vuelta, su mirada decía cuanto pudiera salir de la boca de un humano, era más que una hermana, más que la mejor compañía, era… lo que más amaba en aquella soledad anciana de mi vida.
    Lloré tanto que mis ojos se secaron el día en que la llevé para darle la última inyección, aquella que acababa con su vida. Yo me sentía culpable, era mi decisión, me negaba a aceptarlo, no podía, pero su sufrimiento era enorme y en su mirada, podía leer las palabras: “Déjame ir, ya no puedo más…”
     Un día, le puse el collar, le sujeté la correa y paso a paso, ambas nos fuimos a dar el último adiós a los castaños dorados, compañeros de nuestra juventud, cuando estábamos juntos los tres, cuando todavía éramos jóvenes y disfrutábamos de nuestras correrías. Paseamos despacito, yo sé que las dos recordábamos mientras nos despedíamos del entorno, de los árboles añosos, de la broza del suelo donde ella se revolcaba, de los palos que nos traía para que se los lanzáramos a lo lejos cuando ella corría.
    Luego, regresamos poco a poco en una silenciosa despedida.
   Al día siguiente la llevé al veterinario, era mi decisión última. Fuimos en total silencio, sin necesidad de palabras. Ella sabía a dónde iba y yo me sentía morir como si la empujara a un patíbulo pero  no podía hacer otra cosa. Mi amada perra, se moría.
     La levanté entre mis brazos, la coloqué en la camilla y mientras la acariciaba permití que el médico cumpliera con su misión. La acaricié hasta el último momento, cuando el doctor dijo que ya no sentía.
    Hoy, soy una anciana achacosa, camino con mi bastón y todos los días, me acerco al bosque de castaños, me paro junto a su tumba, pongo un recuerdo sobre ella, cualquier cosa…, una flor, una hoja, una castaña, un palo, una semilla… Es un recuerdo de amor de cuando ambas estábamos juntas y paseábamos entre castaños dorados contándonos nuestras cuitas.  
    El fuego de la chimenea chisporrotea en esta noche de invierno, el viento ulula entre las rendijas. La casa está silenciosa, yo, sola, sentada a la mesa camilla, dejo pasar las horas que me quedan en esta vida. Vivo sólo de recuerdos, unos alegres, otros tristes pero todos hermosos porque existieron, fueron parte de mi vida y en ellos dejé perenne aquel amor que sentía. Ya no salgo a dar paseos, sentada, miro las fotos que un día fueron la realidad de mi juventud y sonrío al ver plasmados en la cartulina los dos seres más amados: El hombre que fue mi fiel compañero y aquella hermosa, leal perra a la que nunca he olvidado y que se llamaba LINDA. – MAGDA R. MARTÍN

                                                                                          

sábado, 25 de febrero de 2017

PERCEPCIÓN

­                                              PERCEPCIÓN

La calle perpendicular a la carretera se veía solitaria. Era la hora temprana de una mañana desconocida en el tiempo.  La acera y la calzada, limpia, silenciosa,  estaba rodeada de muros que escondían los jardines de las casas a los ojos curiosos. La sensación extraña, muy extraña. Era otra vida no vivida. Sin embargo,  la seguridad de mi esencia se percibía, palpable. El lugar, un pueblo de la Sierra madrileña. Por sobre los muros aparecían las copas de los árboles. Me fijé en uno de hojas verdes y anchas en forma de corazón cuyas ramas sobresalían hacia el exterior como un paraguas protector. Me  pareció una morera. Fue en aquel momento cuando surgió la sensación de verme desde fuera y al mismo tiempo, ser consciente de mi autenticidad única.
Estaba fuera de mi vida actual. Era yo pero no la misma. Consciente de mi ser cambiante. Final y comienzo pero la misma esencia.
Mientras caminaba, sentí vibrar en mí la vida. En aquella soledad de una calle desconocida y también habitual, me inundaba la fortaleza de una realidad nueva. Vivía en plenitud. Criterio, seguridad, fortaleza, proyectos… me pertenecían. Un sentimiento indescifrable me impelía a ser consciente de aquel intenso momento. Se me mostraba el fugaz  instante de un futuro inexplicable.
De pronto, la sensación se convirtió en tristeza. Para conseguir aquella culminación, primero debía morir, abandonar mi cuerpo caduco. Yo era una anciana.
Aquellas sensaciones pertenecían a una nueva vida.

La realidad se hizo patente. Se cierra el telón. -  MAGDA.    

viernes, 24 de febrero de 2017

SENSACIONES

                                                           SENSACIONES

Me complace detenerme a observar las figuras femeninas de los pintores impresionistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Estas hermosas damas me producen unas sensaciones  muy difíciles de especificar en una palabra pero, creo, que la más adecuada podría ser la de “identificación” Sí, me identifico con las imágenes femeninas cuando detengo mi vista en una dama sentada en esa silla arrimada  a uno de los largos ventanales de los caserones antiguos, cubiertos  de visillos con puntillas tejidas a mano, como antes se hacía.
Es un día de verano…, recogida en el interior de la casa, las contraventanas de los balcones y ventanas, entornadas para evitar los ardores del sol. El silencio de la hora de la siesta. El entorno callado, casi misterioso. Todo es quietud. Sólo, de vez en cuando, el cacareo de un gallina que picotea por el patio de tierra alrededor de la finca.
La mujer, con sus faldas que sólo dejan al descubierto sus escarpines de fieltro, el cabello recogido en un bello moño trenzado, inspecciona el trabajo realizado.  La casa en orden, las cosas dispuestas, el suelo encerado, las alfombras cepilladas; sólo ella reposa en vigilia, aprovechando el momento de paz para una lectura cómoda sentada en la silla junto al ventanal, siempre alerta aunque tranquila.
Mujer de finales del XIX, mujer callada, que guarda el saber aprendido para entregarlo a sus hijos, esos niños que duermen amodorrados por el rigor de la canícula mientras ella espera su despertar y el desorden del orden establecido a causa del revoloteo infantil. Es hora de cerrar el libro que deja sobre el tapete que cubre la mesa donde un jarrón con flores, hermosea y perfuma la estancia.

Mañana comenzará un nuevo día y cada hora, impondrá el trabajo, el orden. Y así, día tras día, hasta envejecer. Mas llegará un día en que la casa quedará sin vida. Ya no habrá suelos encerados, ni visillos adornados con puntillas artesanas, ni alfombras bien cepilladas. La silla que ocupaba la dama en las tardes veraniegas, estará vacía, el libro, sobre  la mesa, tiene las hojas marchitas como las flores de aquel jarrón que, un día, adornaron la estancia ahora solitaria… Ya no hay niños descansando de la rigurosa canícula, son hombres que están pensando en cómo vender  el terreno cuando la vieja casa se destruya. Uno se lleva una mesa porque le gusta, otro, algún candelabro…, solo queda un cuadro, una pintura impresionista de una dama que peina un hermoso moño trenzado, viste faldas largas y, sentada en una silla, aprovecha un tiempo de reposo para recrearse con la lectura mientras vigila el trabajo realizado, el descanso de los suyos. El momento de una vida.- MAGDA.  

sábado, 14 de febrero de 2015

SACADO DE LA PÁG. DE INTERNET SLIDESHARE



NUESTROS VALORES
1 - CONFIANZA
Creer en tí y en los demás.
2 - PUNTUALIDAD
Hacer las cosas en su tiempo correcto.
3 - RESPONSABILIDAD
Entender que nuestras acciones tienen consecuencias.
4 - HUMILDAD
Ver a todos como maestros.
5 - RESPETO
Lo más valioso se encuentra en las diferencias.
6 - COMIENZO
Para nosotros no hay imposibles.
7 - PERSEVERANCIA
La mejora continua se encuentra en la constancia.

martes, 10 de febrero de 2015

UNA ISLA






                                                           UNA ISLA


      Con una isla en el cielo amaneció la mañana, solitaria nube gris semejante a una montaña transportada  por milagro de la tierra hasta ese cielo azul despertador de añoranzas. Entretengo la mirada entre sus azules y grises pátinas de tiempo y tiempo pasado, siempre igual, cielo y tierra, mar y montaña. No puedo decir cual amo más, sería falsa percepción de mis sentidos, ora el cielo, ora el agua.

     Amo la naturaleza toda para  mezclarme entre sus aires de tierra adentro o, quizás entre los de aquel misterioso mar de enigmas nunca resueltos, evocación de momentos añorados, perdidos entre irisadas burbujas mezclados con imposibles sueños. ¡Ay, quién soy yo, si ya no distingo la mar del cielo! Quisiera ser aeroplano y tornarme en un velero surcador de cielo y mar, caminante tierra adentro…. ¡Ay, quién soy yo… si ya no distingo la mar del cielo…!

     No se vivir entre piedras, ni entre gritos, pero tampoco en silencio. Quiero vivir en el aire, balancearme, silbar el viento, cantar entre fronda verde,  enredarme en las espumas calientes de esas extrañas mareas que suben y bajan, que se mueven, que escondidas danzan y entre susurros, comentan …¡qué triste ser sólo hombre pegado a la tierra! No conocer más lugar que el  pisado cada día al abrir los ojos y esperar el milagro… ¡a ver si llega…!

        Es más hermoso ser espuma, ser arena, ser hoja, estrella, gota de lluvia, nieve o tormenta. Poder mirarse en el cielo, subir y bajar  las crestas de las olas y soñar con valles verdes hundidos entre los mares para que nadie los vea.

       Hoy el cielo amaneció con una isla que parecía de tierra, era tan sólo una nube que apeteció dibujarse como material del hombre para ayudarle, para que no pierda el deseo de mirar arriba, de soñar con las estrellas y comparar cielo y mar como inmensidad eterna. Hoy es un día especial que despierta mi conciencia, en evocación continua de frágiles momentos en la tierra, cuando ensoñaciones vanas me mostraban un lugar para morir… ¿cuál deseas?

       Si nací cerca del mar, si su cielo de tormenta contempló mi nacimiento, por qué no  morir allí, frente a la playa, entre conchas marineras, entre piedrecitas verdes recién halladas,  con caracolas y estrellas de mar… porque las otras estrellas, no llego a alcanzarlas nunca, son demasiado bellas para este mi humano ser que sólo sabe reptar por la tierra.

      Así viviré siempre, mezclada con sal de mar y cuando llegue a la línea donde se une el horizonte, dar un salto hasta una estrella en el cielo y envolverme entre su luz para, desde ella, contemplar la pobre tierra que poco a poco se muere mientras el mar, la acuna con su dulzura, su calma y su tibieza.

       Hoy, con una isla en el cielo, amaneció la mañana…, al anochecer, fue estrella. ¡Ay quién soy yo, si ya no distingo que amo más, el cielo, la  mar… o la tierra.

Autor: MAGDA RODRÍGUEZ MARTÍN






















    
    
      


















lunes, 9 de febrero de 2015

CUANDO VI...



                                                        CUANDO VI

     Cuando vi el azul del cielo, cuando vi las nubes blancas, el verde de los árboles y sentí la tibia mañana, la dulzura del tiempo llenó mi alma de recuerdos, de historias soñadas. Es hermoso imaginar vidas pasadas, recuerdos que transformo en agua de colores, en charcos irisados de mañana húmeda, de lluvia tranquila, de noches con luna, de veranos idos, de estrellas que se esconden al llegar la luz del día, de horas… vividas en otros tiempos…
    Cuando vi las calles calzadas con los parterres floridos, las carreteras asfaltadas adornadas de amarilla retama que al danzar con el aire nos perfumaban, sentí el amor en mi corazón como cuando en otros tiempos amaba. Era un rosario de cuentas de plata pasando entre los dedos, recuerdos hechos sombras que cada cosa llevaba  y traía con el aire hasta la mente en retazos  de una vida pasada.
    Cuando vi como se amaban…, ¡ay! se llenó mi corazón de tristeza, mi piel ardió en llamaradas de otros momentos sentidos, de palabras, de caricias olvidadas, de besos ardientes que fueron míos y se quedaron en nada. Cómo pasa el tiempo, las cosas, el amor, los momentos, la vida…
    Cuando vi la tristeza aposentada en mi alma, alcé los ojos al cielo y descubrí la esperanza. Todavía quedaba tiempo, allí estaba, entre mis manos…, a mí me tocaba darle un uso, me lo regalaban y como paloma blanca que se posa en tierra y camina despacio picoteando, tomando sol de vuelo en vuelo, ahora en un árbol después en una rama, me dediqué a escribir en un papel todo aquello que pensaba para regalárselo al viento, él, poco a poco,  en ventoleras o brisas suaves, perpetuará mis palabras, les dará vida y otros, más tarde en el tiempo, cuando las lean, podrán decir:
“Cuando vi aquel escrito..., anónimo, un suspiro serenó mi alma”. -MAGDA.