
PLENILUNIO
Cual sutil manto de terciopelo fino, los recuerdos se enredaban entre las nubes en un cielo que comenzaba a clarear. El plenilunio mostraba una hermosa luna redonda de un amarillo refulgente que semejaba un sol dispuesto a esconderse tras los montes. Quise captarla con la cámara, jamás había visto una luna igual. Tan cercana a la tierra, tan redonda y tan grande, tan luminosamente amarilla como si estuviera pintada en un lienzo azul por las manos del mejor pintor de todos los tiempos.
La tristeza llenaba mi espíritu cansado ya de habitar un cuerpo que había servido de soporte a tantas vidas, a tantas biografías, a tantas historias. Frente a mí, clavado en la pared, escrito sobre un papel en blanco, podía leer, en cuanto levantaba la vista, la siguiente frase recordatoria de mi esencia pura: “Eres un campo de energía que opera dentro de otro mayor” Y retrocedí con la mente a momentos inverosímiles de interpretación de diferentes vidas. Entre todas las que intentaba abarcar con mi imaginación, en ninguna de ellas podía considerar haber pertenecido al género masculino, sin embargo, estaba segura de que mi naturaleza espiritual ya conocía la existencia vital de este género. Era tan firme la sensación de haber vivido todos los extremos, que me resultaba imposible conocer uno más, uno tan importante como es la vida de un hombre propiamente dicho para poder completar mi ciclo en la vida terrenal.
Si profundizaba en la existencia de lo que se podía llamar “yo” con la forma de un cuerpo humano, experimentaba una sensación de cansancio como, creía, podían sentir los ancianos centenarios, exhaustos ya de vivencias percibidas y sin ánimos para darle energía a un cuerpo que sólo deseaba llegar al final del camino donde poder descansar, olvidar y no reincorporarse, otra vez, a la vida material.
Sólo deseaba ser espíritu, flotar en el aire, unirme a la luna redonda de plenilunio, asomarme a su luz, contemplar el cielo, las nubes… Estudiar el planeta tierra desde las alturas; sus mares azules, sus olas blancas y espumosas, sus montañas inmensas o sus pequeñas y humildes flores de vida efímera. Pero siempre desde fuera.
Ya no quería ser materia que obliga a la inmovilidad. Quería ser voluta de aire, nube llevada por el viento, estrella fugaz que juega en el firmamento en saltos etéreos de distancias infinitas. Mariposa celestial, transparente, luminosa, que vuela en busca de cúspides inalcanzables mientras esparce altruistamente por el mundo el maravilloso y purpúreo polvillo de unas desconocidas, singulares y mágicas alas, capaz de transformar las evidencias más objetivas en idílicas ensoñaciones
Cuando volví a abrir los ojos, la hermosa luna llena había desaparecido guardada entre los pliegues azulones del techo del mundo en el cual seguía habitando mi cuerpo. Volvía a ser yo, materia, atadura a un elemento perecedero ya cansado de existir, pero debía esperar, mi camino no había finalizado, mi destino no estaba cumplido. Debía robarle a la vida toda la hermosura exhibida para, junto a ella, soportar así la continuidad por el sendero estrecho de la imposición a vivir. Era imprescindible finalizar mi camino de la manera exigida por ese misterio universal, para cumplir mi última existencia y no retornar a ser materia. Ahora mi espíritu estaba oprimido por las necesidades de una sustancia palpable pero si era paciente y sabía llegar hasta el final, se liberaría como agua retenida tras los muros de un dique cuando rompe sus ataduras y, de esta manera, se esparciría por el firmamento, por todo el orbe en busca de la libertad última.
Volví a mirar el cielo azul ya sin luna, iluminado por unos rayos solares que comenzaban a caldear el ambiente… abajo, en la tierra, las amapolas primaverales formaban sus capullos verdes para sorprendernos con sus sedosos pétalos rojos en un corto lapso de tiempo. - MAGDA.




